El Bosque(c.2) by Harlan Coben

El Bosque(c.2) by Harlan Coben

Author:Harlan Coben
Language: es
Format: mobi
Tags: thriller
Published: 2012-01-27T01:25:33.917814+00:00


El edificio del despacho de Lucy Gold era un engendro en medio de un patio más bien hermoso, una estructura «mod» de los setenta que supuestamente debía parecer futurista, pero la verdad es que a los tres años de terminar su construcción ya había pasado de moda. El resto de los edificios del patio eran de elegante ladrillo pero bastante faltos de hiedra. Aparqué en el estacionamiento del rincón suroeste. Incliné el retrovisor y entonces, parafraseando a Springsteen, miré mi cara en el espejo y quise cambiarme de ropa, de cabello y de cara.

Bajé del coche y caminé por el parque. Me crucé con docenas de estudiantes. Las chicas eran mucho más guapas de lo que recordaba, pero eso seguramente se debía a mi edad. Los saludé con la cabeza al pasar. No me devolvieron el saludo. Cuando yo iba a la universidad había un tipo en mi clase que tenía treinta y ocho años. Había sido militar y no había llegado a licenciarse. Recuerdo cómo cantaba en el campus sólo por ser más mayor. Ésa era mi edad ahora. Difícil de creer que yo pudiera tener la misma edad que aquel carcamal.

Seguí con pensamientos tan poco elevados porque me ayudaban a ignorar adonde me dirigía. Llevaba una camisa blanca por fuera, vaqueros y una americana azul. Zapatos Ferragamo sin calcetines. La personificación del «Casual Chic».

Cuando me acerqué al edificio, sentí que el cuerpo me temblaba. Me enfadé conmigo mismo. Era un hombre hecho y derecho. Había estado casado. Era padre y era viudo. Llevaba sin ver a aquella mujer más de la mitad de mi vida.

¿Cuándo somos demasiado mayores para esto?

Busqué en el directorio, a pesar de que Lucy ya me había dicho que su despacho estaba en el tercer piso, puerta B. Profesora Lucille Gold. Tres-B. Apreté con esfuerzo el botón correcto del ascensor. Giré a la izquierda cuando salí al tercer piso, aunque la señal de «A-E» tenía una flecha apuntando a la derecha.

Encontré su puerta. En ella había una hoja con sus horas de visita. Casi todas estaban ocupadas. También había un horario de las clases y notas sobre cuándo debían presentarse los trabajos. Casi respiré sobre mi mano y la olí, pero ya me había tomado una pastilla de menta.

Llamé con dos golpes secos de los nudillos. Con seguridad, pensé. Virilmente.

Por Dios, qué lastimoso.

—Adelante.

Su voz me produjo un vuelco en el estómago. Abrí la puerta y entré en la habitación. Ella estaba de pie junto a la ventana. Todavía había sol y una sombra le cruzaba la cara. Seguía siendo muy hermosa. Encajé el golpe y me quedé quieto. Así nos quedamos un rato, a cuatro metros y medio de distancia, sin movernos.

—¿Qué tal la iluminación? —dijo.

—¿Perdona?

—He estado pensando dónde debía situarme. Cuando llamaras, ¿sabes? No sabía si abrirte la puerta. No, demasiado cerca para empezar. ¿Quedarme sentada a la mesa con un lápiz en la mano? ¿Mirarte por encima de las gafas de leer? En fin, un amigo me ha ayudado a probar todos los ángulos.



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